CABEZA DE MUJER INDIA

(Fragmento)

En mitad de la selva, desde más de setenta metros de altura, el ancho río Iguazú se despeña por una depresión irregularmente semicircular de dos mil setecientos metros de longitud, dando origen a los más sobrecogedores saltos de agua del continente americano. La orilla izquierda es territorio argentino, en la provincia de Misiones, y la derecha pertenece al Brasil, todo dentro del gran parque natural que fue cuna de los guaraníes.

Si impresionante es caminar por el estrecho sendero que va bordeando los innumerables saltos menores que festonean el precipicio del lado argentino -San Martín, Dos Hermanas, Rosetti, Adan y Eva...-, asomarse desde el extremo de una endeble y a trechos rota pasarela a la misma Boca del Diablo -así llamado el salto principal- es sentir con todo el cuerpo, más que con el entendimiento, lo que pretende expresar la palabra abismo.

Habría que inventar un lenguaje de sonidos no articulado en palabras. Las palabras a veces, con su rotundidad inamovible, no alcanzan a expresar una realidad cambiante. Se necesitaría utilizar sonidos vírgenes, anteriores al lenguaje, que hubiesen nacido con la naturaleza en estado salvaje y puro. Porque nadie podría describir un mar hundiéndose en sí mismo. La inmensidad derrumbándose. Porque contemplar este delirio cósmico es asistir a la ceremonia de la creación; plantarse delante del altar mayor en el que la naturaleza oficia su misa más solemne.

Un pavoroso rugido emerge de las profundidades. El translúcido vaho surgido de aquel fragor se desplaza por el aire empapando las rocas y la cercana jungla. Como polen de agua, fecunda los distintos verdes de árboles tan exóticos como el llamado guatambú, de madera dura y blanca, o el incienso, de corteza aromática, o el petiriri. En derredor, entre helechos y lianas, y a medida que la vegetación pone sordina al estruendo húmedo de las cataratas, toman vida otros sonidos menores y misteriosos. Y la sombra se adensa hasta donde se esconde la orquídea silvestre y nos asalta el fuerte aroma del laurel negro. Y en los recónditos arroyos chapotean la nutria y el yacaré. Y se arrastra la tortuga gigante. Y corretea entre los árboles el ocelote. Y sube y baja por los troncos el coatí de alargado hocico. Y se adivinan los pasos solemnes del jaguar. Arriba, allí donde la luz alcanza, permanece atento entre las hojas un guacamayo de pecho amarillo, mientras aletean las grandes mariposas y saltan por las ramas los macacos. En las más altas, un enorme pico multicolor delata la presencia del tucán ensimismado.

 

 

 

(2008) De Las cercanías del corazón . Ediciones Alhulia. Col Mirto Academia. Salobreña (Granada)

 

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