Si con la mera visión se constata, con el recuerdo se pasa a otra forma de percepción. Recordar lo que se tiene delante es imponer nuestros sentimientos a la mera percepción, por tangible y sólida que sea. Es jugar con el tiempo, desdoblarlo, descabalar sus esquemas, adaptarlo a cuanto en ese momento conforma nuestra realidad, siempre mudable.

Todo esto resulta más fácil apoyándose en la fotografía. Y aún hay más: al margen y además de recrear la realidad, o mejor, nuestra percepción de la realidad, con la fotografía se puede también interpretarla y ajustarla incluso, a un determinado estado de ánimo.

El paisaje está ahí; tiene un orden, es inamovible. Con la fotografía se puede reordenar. No porque sea necesario, sino porque, al hacerlo, se torna dúctil, maleable y, por lo tanto, más accesible a distintas interpretaciones. Cada fotografía es como un signo; y estos signos, colocados en determinado orden, desarrollan un texto. O, utilizando otro símil, cada fotografía es como una nota musical con la que, junto con las demás, puede componerse una melodía.

De ahí que se pretenda que este libro no quede limitado a una sucesión de imágenes que sólo ofrecerían una interpretación fragmentada, sino que aspire a ser un conjunto armónico de la visión que aporta la fotografía y la sugerencia literaria del texto; una interpretación, visual y lírica a la vez, de esa inconmensurable realidad que es Granada.

 

 

 

(2007) De Granada invención del aire. Ediciones Miguel Sánchez. Granada

 

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