POETA AL FIN Y AL CABO

            Ignoro si Granada y sus circunstancias me han hecho poeta o en qué medida lo han hecho. Y como al fin y al cabo por poeta se me tiene, creo que estas páginas, mal enhebradas, no estarían completas si no me refiriese en ellas brevemente -esta vez más en serio que en broma- a lo que desde mi adolescencia he pensado que es o pudiera ser la poesía.

            Nunca he creído en los poetas puros, entendiendo por pureza la pérdida de contacto con el planeta tierra. Cuando César Vallejo dijo aquello de hombres humanos, bien sabía lo que decía.          Para mí la poesía -no los versos, claro- es la intuición de una de las caras ocultas de la realidad; también, en otros casos, es la exteriorización de un sentimiento, común a todos los mortales desde los primeros balbuceos de la humanidad, pero expuesto con belleza y de manera tal que el lector, sorprendido, crea que lo está sintiendo por vez primera. O sea, que una de las condiciones para que un texto sea poético es que produzca sorpresa. Esto ya lo estudió admirablemente Carlos Bousoño, explicando cómo en el mecanismo que suscita la emoción poética

-que es el mismo que el que produce la risa en un chiste u ocurrencia- hay una sorpresa en la forma de exponer la idea o el suceso que conduce, según el tema, bien a un estremecimiento sentimental o puramente estético, bien a una carcajada. Y empiezo por esta toma de posición porque para la gran mayoría de los llamados poetas que, como yo, pululan por las antologías y por las calles céntricas de las capitales de provincia, la poesía no consiste en expresar un sentimiento con verdad y con sorpresa, sino con nocturnidad y alevosía.

            Entendamos por nocturnidad esa innecesaria oscuridad que suele ocultar la más descarada desnudez o ausencia de ideas y por alevosía el intentar premeditadamente que nos esforcemos en descifrar unos circunloquios que, cuando con tiempo y paciencia hemos descifrado, nos dejan la impresión de que más provecho hubiésemos sacado resolviendo un crucigrama.

            En lo que respecta a la similitud de procedimiento para alcanzar la poesía o la sonrisa, y puesto que comparto tal teoría, he de afirmar que, en consecuencia, no creo en un poeta que carezca del sentido del humor. No que sepa contar chistes, no; sino que se asome a la vida desde esos altos barandales de la comprensión, de la ternura, de la sabiduría en suma, porque la poesía y el humor no son más que manifestaciones de un profundo conocimiento.

            Pudiera parecer, con todo lo dicho, que soy de la opinión de que en poesía todo es forma. Pues todo no, pero casi. Porque -y lo he expuesto no sé ya en cuántas ocasiones- para mí es un poema aquél que, desde el primer verso, me coja por las solapas del sentimiento y me zarandee con violencia. La temática, la idea, el oficio, el estilo, la personalidad, todo es necesario; pero al servicio de la razón primera y última del poema que no es otra que la emoción. Y la emoción se consigue con la forma. No es igual decir: me duele mucho, que decir, como Miguel Hernández: no hay extensión más grande que mi herida.

            Los procedimientos formales o estilísticos han de ser analizados por el poeta a posteriori. El no puede proponerse producir sorpresa, porque sería un contrasentido. No se puede provocar lo inesperado. De ahí que no sólo ha de estar todo al servicio de la emoción, sino que esa emoción o aliento poético ha de preexistir en el momento de la creación si se pretende transmitir al lector.

            La poesía, pues, es intuición y es conocimiento a un tiempo; es emoción y es exactitud y dominio en la palabra, que a veces se desboca bordeando precipicios; es una manera, una de las pocas maneras, de sentirse vivo en este valle lleno de lágrimas y de supermercados. Porque, eso sí, primero es la vida y después la poesía. No tanto porque la poesía se compagina bastante mal con el rigor mortis, sino porque para ser verdadera ha de nutrirse, ha de sorber los jugos de lo que el poeta considere la expresión máxima de la vida.

            La vida, que es verse viviendo. Y no es una perogrullada, no: hay quien está vivo desde hace sesenta años y todavía no se ha enterado. Y, por supuesto, hay quien sigue sin enterarse hasta la consumación de los siglos, sepelio incluido. De ahí que, cuanto más fuerte sea la sensación de estar despierto, más viva esté la vida y, por ende, más se convierta en elemento poético. Y, por contra, la cotidianidad, la costumbre, la rutina es lo más lejano a la vida y a la poesía, a no ser que el poeta, haciendo malabarismos increíbles con el lenguaje, nos convenza de lo contrario, que también puede.

 

(2000) De  Tiempos de vino y poesía (prosas granadinas).

 

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