EL MECÁNICO DE TINERHIR

 

 

 

            Desde Erfud a Tinerhir se pueden ahorrar muchos kilómetros si, en vez de regresar por el valle del Ziz, se toma un atajo que,  siguiendo la cuenca del Rheris, enlaza con la carretera general en las cercanías de Tinejdad, con el añadido aliciente de conocer otros paisajes. Las márgenes del Rheris carecen de la espectacularidad de las del Ziz; en vez de agruparse en un solo y continuo oasis, sus palmeras, olivos y bancales de tierra cultivada se concentran alrededor de oasis más pequeños, en medio de los cuales se alzan las torres ocres de los ksars. La ruta, de tercer orden, pasa por el poblado de Jorf y, tras un tramo desértico, por los de Turug y Mellab.

            Fue precisamente en este tramo donde, en una ocasión, el "Range Rover", que iba a gran velocidad, se cruzó con un camión y, como allí es obligado, hubo de repartir con él el espacio disponible saliéndose ambos de la franja de asfalto. Durante un segundo vimos la piedra que, como un meteorito, se dirigía hacia nuestras cabezas y, apenas iniciado el gesto instintivo de esquivarla, sentimos su tremendo impacto, justo en medio, en la parte alta del parabrisas. Crujió el cristal y el gran rosetón de la fractura alargó hacia abajo, en varias direcciones, su tela de araña.

            Aquel viaje, proyectado para muchos días y muchos kilómetros, parecía haber llegado a su fin; y más, al comprobar, tomando como punto de referencia los mosquitos estrellados en el cristal, que con la presión ejercida por el aire al sobrepasar cierta velocidad, las líneas de fractura avanzaban lentamente, amenazando el parabrisas con estallar en cualquier momento. En todo Marruecos no existía un cristal de repuesto de aquellas características y, a treinta por hora, apenas si nos quedaban días para poder regresar a España.

            Lentamente llegamos a Tinerhir y, más por agotar todas las posibilidades que porque hubiese esperanza alguna, preguntamos a un muchacho que por allí andaba vestido con un mono, si existía algún taller en que solucionar el problema, aunque fuese de manera provisional.

            Su reacción fue instantánea. No lo dudó un momento: el era mècanicien. Habíamos dado con la persona indicada.

            Lo extraño es que después de tanto tiempo de tratar a estas gentes, no pensásemos que iba a contestar eso; debió ser por el cansancio o porque nos hallábamos desanimados con la certeza de que el viaje se había ido al garete. En Marruecos nadie dice que no. La frase más oída es "no problema". Un día entramos en un bar, en Bumalne, a ver -de nuevo nuestra falta de reflejos- si tenían algo para comer. Naturalmente tenían de todo; ¿preferíamos ensalada? "Oui, monsieur". ¿Unos pinchitos? "Oui, oui".  A ser posible con patatas fritas. "Oui, oui". Sentados a la puerta, mientras una botella de Sidi Harazem refrescaba nuestra sed, vimos entrar al camarero con las lechugas y los tomates; salió poco después y regresó con la carne y una bolsa de patatas. Supusimos que aceite si tendrían. No podían dejar pasar aquella ocasión de ganar unos dirhams.  Por supuesto, para postre tenían de todo: bastaba con ir a buscarlo.

            Puede que la necesidad, como siempre, agudice su ingenio; puede que se trate sencillamente de esa actitud ante la vida que se resuelve en el comentado "no problema"; puede que sea algo más profundo, algo que en otras civilizaciones vamos perdiendo, si no hemos perdido del todo, y que se resumiría en un aforismo formulado, más o menos, en los siguientes términos: "Donde no hay prisa para nada, sobra tiempo para todo".

            La primera solución que nos brindó nuestro providencial mècanicien nos puso la carne de gallina: se trataba de acabar de romper a martillazos el maltrecho parabrisas y sustituirlo por un plástico transparente. Cuando le hicimos ver, cosa que no había entrado en sus cálculos, que el aire nos pondría el plástico de tapabocas en la primera recta, no se inmutó. Tenía ya otra solución de repuesto.

            Se subió con nosotros de guía, abandonamos la calle principal y, cuando ya creíamos dirigirnos a un taller, nos hizo detenernos en la puerta de una librería. A los pocos momentos salía de ella con un tubo de pegamento -"très fort", repertía-. Nos condujo luego a otro establecimiento de parecidas características, a lo que no opusimos resistencia pues cualquier cosa que hiciese nos parecía inofensiva comparada con lo del martillo; esta vez apareció con una gran tira de plástico verde, en la que se leía un letrero parecido al que llevan en las viseras muchos camiones españoles; sólo que en vez de decir "Manolo y Paquita", decía, en letras árabes, "Alá es grande y misericordioso"; a cada lado de la leyenda se extendía una mano y, en sus palmas, se abrían sendos ojos de bien retocadas pestañas.

            Sin decir palabra, vació el tubo de pegamento en el rosetón que dejó la piedra al fracturar el cristal y colocó encima la gran tira de plástico con el letrero, a todo lo largo de la parte alta del parabrisas, que quedó embadurnado al intentar limpiar sin disolvente los chorreones del pegamento.

            "Todo bueno", dijo al fin, recordando que éramos españoles. "Garantizado mí hasta la España". Cobró setenta dirhams -unas mil pesetas- , supusimos que el jornal de todo un día y, acto seguido, cambió de profesión: él era guía turístico; precisamente el que necesitábamos para recorrer las gargantas del Todra, a las que oyó decir que nos dirigíamos.

            Partimos sin preguntarle si también garantizaba sus servicios como guía pero lo cierto es que el cristal quedó de nuevo hecho una pieza y, por más que lo pusimos a prueba a gran velocidad, por malas carreteras y por pistas pedregosas, las líneas de rotura no siguieron avanzando. Y no sólo eso:  a partir de entonces, cuando estacionábamos el coche, en cualquier ciudad, de día o de noche, todos nos aseguraban que podíamos estar tranquilos: "Con ese letrero, nadie se atreverá a tocarlo".

            Alá, pues, nos protegió durante el resto del viaje y así lo llegamos a creer firmemente -aunque algo influyese también la gran tira de plástico- cuando, después de muchos días y varios miles de kilómetros, llegamos de regreso a la frontera de Ceuta.

 

 

(1990) De El país de los sentidos (prosas marroquíes)

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